8 de agosto de 2006

"Dos enemigos se saludan"

No podía dejar de promocionar un fantástico libro que acabo de leer sobre la guerra, titulado "Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie", de Juan Eslava Galán (fácil de encontrar, incluso lo he visto en la sección de libros de Carrefour). La principal diferencia que humildemente le encuentro a este libro es el no caer en contentar a todos ni en el partidismo a favor de unos y en detrimento de otros. Este libro pasa de ser políticamente correcto y lo mismo resalta la ineptitud del gobierno republicano o la descontrolada represión anarquista al poco de empezar la guerra como los asesinatos nacionales a todo lo que oliera a intelectual o la crueldad de Franco al negarse a firmar una rendición pacífica y preferir exterminar al adversario, y eso sin entrar en la represión de la post-guerra. Se centra más que nada en el cainismo español, en las ganas de sangre por parte de la españa de aquel tiempo, fueran del bando que fueran. De ahí el título: si alguien leyera este libro esperando encontrar razones para confirmar su postura izquierdista a favor de la república o bien su postura derechista a favor de Franco, saldría bastante escaldado.

Asi que aquí va un trozo del libro bastante emotivo:

"Siguen unos días de relativa calma con tiroteos diurnos rutinarios. Al anochecer, el fuego disminuye de intensidad hasta que se hace el silencio. Algún soldado bromista le da las buenas noches al enemigo con una bocina de hojalata. Los nacionales son legionarios, los republicanos, milicianos de la CNT. Conversan de trinchera a trinchera como vecinos. Los legionarios tienen un gramófono en el que ponen a todo volumen el chotis "Rosa de Madrid" a petición de los milicianos. Entre las dos trincheras, en la tierra de nadie, se pudren algunos cadáveres de milicianos caídos en el último ataque.
-¡Eh, los de la Pasionaria -grita un legionario-. Bien podíais enterrar a vuestros muertos, que cuando sopla el cierzo nos llega un pestazo que no hay quien lo aguante!
-¡Si, hombre! -le replica un cenetista-. ¡Para que nos friáis a tiros en cuanto asomemos la jeta!
-¿Qué dices, desgraciao? - responde el lejía-. Nosotros somos caballeros legionarios y sólo combatimos de frente y con honor.
El capitán Iniesta Cano toma la bocina e interviene.
-¡Eh, los rojillos! Que sepáis que no abriremos fuego contra los que salgan a retirar los cadáveres.

Los dos bandos acuerdan la tregua: a las diez de la mañana del día siguiente, 18 de abril de 1937, pondrán una bandera blanca en cada trinchera y a continuación un oficial de cada bando saldrá al descubierto para conferenciar con el otro sobre las condiciones. Para evitar fallos o malentendidos sincronizan los relojes.
Los legionarios proporcionan a su capitán ropa nueva y recien planchada, incluidos los guantes blancos del uniforme de gala. Además, acopian tabaco, coñac y vino para obsequiar al enemigo, que vean los rumbosos que somos.

El capitán Iniesta aparece sobre el parapeto a la hora convenida, hecho un figurín. De la trinchera opuesta sale un teniente republicano, "pequeño, desharrapado, con unas malas alpargatas, muy viejo, sin afeitar, con unas antiparras colocadas sobre la punta de la nariz" El legionario y el cenetista avanzan hacia el centro de la carretera. A tres pasos el uno del otro se cuadran y saludan en posición de firmes. El cenetista se lleva el puño a la sien:
-A tus órdenes, capitán.
Dan dos pasos al frente y se estrechan la mano.
El teniente republicano invita al capitán nacional a que dirija la retirada de los cadáveres. Iniesta se vuelve hacia su trinchera y ordena comparecer a los nueve legionarios que ha prevenido. Los hombres, perfectamente uniformados, saltan del parapeto y se alinean junto a su oficial en perfecta formación. Llevan consigo el tabaco y los licores.

Del parapeto republicano empiezan a saltar milicianos, primero unos pocos, luego por docenas. "Cientos de milicianos a los que nadie pudo contener" -recordará Iniesta-. Su entusiasmo es muy dificil de describir. Se abrazaban a nuestros legionarios (tras los nueve de escolta saltaron muchos más), cogían cigarrillos - escasos en la zona republicana - y descorchaban botellas; por su parte, ofrecían librillos de papel para liar tabaco, que escaseaban en nuestras líneas por hallarse las fábricas en la zona no liberada de Levante. En fin...aquello parecía una verbena o cualquier cosa menos un alto el fuego tras los duros combates sostenidos (...) yo en lugar del prohibido armamento llevaba una cámara y tome algunas fotos. En algunas de ellas puede observarse claramente como la camilla que transporta algún cadaver adversario la llevan entre un miliciano y un legionario. Rojos y legionarios alternaban unidos en el trabajo de transportar camillas con un descanso sentados en el suelo, en grupos mixtos, como si se tratase de un día de vacaciones o de fiesta en el campo. Se ofrecían bebidas y fumaban mientras charlaban animosos o intercambiaban prensa"

A la caída de la tarde cada cual volvió a su trinchera."

2 comentarios:

  1. Anónimo6:42 a. m.

    siguiendo el consejo que lanzó Perez-Reverte hace unas cuantas semanas... ¿eh? ;-)

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  2. Me has pillado, si :/ Siempre suelo elegir libros entre las recomendaciones de otros autores o entre la bibliografía

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